Los que conocemos el cine de Tarkovski sabemos que no es un artista cualquiera, sabemos que es único y nos sabemos partícipes de su esencia más genuina al contemplar sus películas. Es una experiencia diferente, muy cercana a la religiosa, que nos acerca a lo innombrable e incomprensible a través de múltiples sugerentes metáforas. Tarkovski se sirve del cine (como hubiera podido ser escritor o escultor) para prodigar lo que él siente como verdadero, para paladear en pequeñas dosis lo que aquí, en la tierra y como seres humanos podemos vislumbrar de la trascendencia. Al igual que un músico con sus partituras, cada una de sus cintas forma parte de un todo, lo que es su obra: una unidad construida convincentemente con tesón y fervor.Este documental representa un pequeño homenaje a su figura y a su producción. Realizado a modo de comparación y de alegorías entre sus películas y su vida, nos muestra al maestro ya en su estado más deprimente, cuando la enfermedad ya actuaba sin piedad. Diversas escenas con su mujer y su hijo conducen momentos de gran emotividad y confirman que vida y cine a veces son parte de una misma esencia.
Marker nos adentra con prudencia en sus películas sin desvelarnos los misterios, pero sí como mostrándonos el camino a seguir en caso de necesitarlo. Veneración, madurez, discernimiento, profundidad, además de una muestra de la tradición rusa de la que Tarkovski se sentía tan orgulloso y pertenecedor, son algunos de los aspectos que podemos disfrutar en el documental.
Puede haber quien espere un poco más del Tarkovski humano, un poco más de su ángulo casero y familiar, pero teniendo en cuenta cuándo se grabó y en qué circunstancias, me parece un documento insustituible y de gran valor histórico.
"Un día en la vida de Andrei Arsenevich"… para seguir venerando a nuestro profeta más querido, uno de los creadores más ambiciosos que han llegado más lejos en nuestra historia humana más reciente.
